10 mitos sobre el sueño, continuación

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MITO 6. Con luna llena duermo peor: La palabra lunático procede de la creencia común de que al dormir bajo la luz de la luna nos comportamos de una forma excéntrica e impredecible. La influencia de los astros también es el motor de la astrología y otras pseudociencias adivinatorias. ¿Tiene alguna base científica la creencia de que el satélite de la Tierra modifica nuestro comportamiento o el descanso? Un estudio en la revista Frontiers in Pediatrics aporta luz sobre el asunto. El científico Jean-Philippe Chaput, del Instituto de Investigación de Ontario Oriental, en Canadá, estudió la correlación entre las fases lunares y el sueño. Para ello, analizó los niveles económicos y socioculturales de 5.812 niños procedentes de los cinco continentes, así como un puñado de factores tales como la edad, el sexo, la educación de los padres, el índice de masa corporal, el tiempo que dormían por la noche, el día en que se realizó la medida, el grado de actividad física y también el de sedentarismo.

Tras analizar los datos arrojados durante las tres fases que se analizaron – luna llena, media y creciente–, Chaput concluyó que, en general, el satélite no influía en ninguna de las variables que se habían estudiado. La única correlación que halló fue que la duración del sueño se reducía una media de cinco minutos durante el periodo de luna nueva, lo que supone una alteración de solo el 1 % del descanso nocturno. Según el investigador, esa mínima variación entra dentro del margen de error estadístico. MITO 7. A quien madruga, Dios le ayuda: El ciclo circadiano es el nombre del reloj biológico interno que controla nuestros ritmos de sueño y vigilia, y está sincronizado con las fases de luz y oscuridad de la Tierra. Salvo por motivos laborales, la mayor parte de la gente funciona con ese ciclo: trabaja de día y duerme de noche. Pero eso no quiere decir que el ritmo biológico de todas las personas sea el mismo: las hay que funcionan mejor por la mañana y otras que lo hacen a última hora del día. En función de esta característica, los individuos se dividen en búhos, que trasnochan y se levantan más tarde; y alondras, que se acuestan pronto y madrugan. Ojo: también hay gente que es neutra. Por otra parte, esta clasificación cambia mucho con la edad. Así, los ancianos tienden a ser más alondras, y los adolescentes, rapaces nocturnas.

En principio, ser una cosa u otra no reporta ventajas significativas, tampoco en la salud. Pero, según explica una investigación de la Universidad Libre de Bruselas en la revista Science, los trasnochadores pueden permanecer despiertos durante más tiempo que los madrugadores antes de rendirse frente a la fatiga mental. ¿Por qué? Una posible respuesta es que el área cerebral que regula el reloj biológico coincide con la que gobierna la atención, de manera que si el ciclo circadiano pide dormir, el área se adormece. Es decir, al tópico "a quien madruga, Dios le ayuda" deberíamos replicar "no por mucho madrugar, amanece más temprano".

MITO 8. No pasa nada por dormir con la tele encendida: Hay personas que planchan la oreja plácidamente mientras la televisión funciona o incluso con la luz del dormitorio encendida. Sin embargo, con independencia de nuestras preferencias, es más saludable hacerlo a oscuras. Si no observamos esta medida básica de higiene del sueño, nuestro descanso no será tan profundo como el cuerpo requiere. El reloj biológico está sincronizado con los ciclos de luz y oscuridad, y la iluminación artificial rompe ese ritmo, lo que causa a la larga numerosos trastornos, algunos graves. Por ejemplo, puede afectar al estado de ánimo y se encuentra detrás de numerosos brotes de depresión.

Según un estudio de la Universidad de Aberdeen, en el Reino Unido, incluso una fuente lumínica tan insignificante como el piloto que indica el stand by de un televisor, puede alterar el sueño. Cathy Wyse, autora de la investigación, sostiene que la luz nocturna, común en las grandes ciudades, podría ser clave en la creciente epidemia de obesidad. La razón es que la alteración que produce en el reloj biológico afecta a las áreas del cerebro que regulan el metabolismo. Para dormir bien es preciso dejar a oscuras el dormitorio, y evitar el uso de ordenadores, móviles y libros electrónicos provistos de retroiluminación unas horas antes de nuestra cita con Morfeo.

MITO 9. La siesta es una pérdida de tiempo: Echar una cabezada después de comer se vincula con frecuencia con ser un vago. Sin embargo, es perfecto para estar más alerta en el trabajo. Por eso, empresas como Google ya disponen de espacios donde sus empleados pueden disfrutar de un sueñecito a mitad de jornada. En función de lo que dure la siesta obtendremos unos beneficios u otros. Una de menos de cinco minutos nos ayudará a combatir la somnolencia, pero si optamos por descansar diez o veinte mejorará significativamente la concentración y la presión sanguínea.

La mejor hora para practicarla es entre las dos y las tres de la tarde, el momento del día en que solemos sufrir un bajón en la productividad. Tu salud lo notará. El investigador Dimitrios Trichopoulos, de la Universidad de Harvard, estudió durante seis años la vida de 20.000 personas de entre veinte y ochenta años para concluir que quienes dormían treinta minutos tras la comida al menos tres veces a la semana corrían un riesgo un 37 % menor de muerte por enfermedad cardiaca.

MITO 10. El niño que se duerme en clase es un holgazán: A partir de los doce años, los chavales parecen mantas, no hay quien los saque de la cama. Pero eso no significa que sean vagos ni, si ya han cumplido quince o más años, que tengan una vida disoluta. Tienden a trasnochar más y prolongar el sueño porque sufren un retraso de unas tres horas en sus ritmos circadianos. Además, tampoco se les debe reprochar: según los médicos, hasta los veinte años se necesita dormir de promedio entre nueve y diez horas porque el cerebro, en pleno desarrollo, precisa mucho tiempo de descanso.

Los institutos y universidades que han retrasado la hora de inicio de las clases para ajustarse al reloj biológico de los adolescentes, como un centro de Minnesota y otro de Kentucky, han visto mejoradas significativamente las notas en diversas asignaturas. Dormir lo suficiente resulta tan fundamental para un alumno que, según la psicóloga Amy Wolfson, quienes obtienen una calificación de notable o sobresaliente se acuestan unos cuarenta minutos antes y duermen unos veinticinco minutos más en comparación con los alumnos que obtienen un rendimiento menor.
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