10 conductas que se contagian

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La felicidad, el estrés, la tendencia a la soledad 
o la facilidad para dejar el tabaco también se propagan como epidemias.
poder mental, emociones

1. La felicidad: Se propaga como una plaga hasta un grado tres de separación o influencia, lo que significa que si una persona es feliz genera una reacción de bienestar en cadena que afecta a sus amigos, a los amigos de sus amigos y a los amigos de los amigos de sus amigos. Este radiante efecto permanece activo durante un año, de acuerdo con científicos de la Universidad de Harvard. Según el Índice del Centro de Estudios Epidemiológicos de la Depresión, cuando un individuo se declara feliz las probabilidades de que su vecino se contagie aumentan en un 34 %, y un 23 % si se trata de un amigo que vive a un kilómetro y medio de distancia.

2. La risa: Según un equipo de investigadores del University College y del Imperial College de Londres, escuchar una carcajada o una exclamación gozosa –¡yuju!– desencadena una respuesta inmediata en la corteza cerebral premotora que prepara a los músculos de la cara para dibujar una sonrisa y después, probablemente, para lanzar una 
risotada. Eso sí, para que se produzca este contagio, la risa escuchada debe ser 
auténtica, pues si es forzada deja a las neuronas indiferentes. Y cuando el oído no es capaz de distinguir entre una real y otra fingida, la mente tampoco se deja engañar. 3. La sensación de frío: Si a tu lado hay alguien que tirita, ten por seguro que tú también acabarás temblando de frío. Es lo que se deduce de un trabajo de la Universidad de Sussex, en el Reino Unido, donde los investigadores demostraron que basta con ver vídeos de una persona aterida para que nuestra temperatura corporal descienda. En cambio, no pasa lo mismo con el calor: contemplar a un congénere sofocado debido a un subidón del termómetro no nos afecta lo más mínimo. Neil Harrison, coautor de la investigación, publicada en 
PLOS ONE, asegura que la razón es que los humanos somos seres sociales y que imitar a otros crea 
un estado fisiológico que nos ayuda a entender cómo se sienten y cuáles son sus motivaciones.

4. Las emociones de los tuits: Y en el mundo electrónico de las comunicaciones, si eres usuario de Twitter te interesará saber que en esta red social los sentimientos positivos se contagian más que los negativos. Emilio Ferrara, de la Universidad del Sur de California, midió el valor emocional de miles de tuits y analizó cómo cambiaba el estado de los usuarios de la plataforma antes y después de su lectura. Los resultados revelaron que el 20 % de los tuiteros eran susceptibles al contagio, con una sensibilidad cuatro veces mayor hacia los mensajes positivos que a los negativos. Los investigadores postulan que esta tendencia a la oscilación en la emoción global 
podría llegar a causar grandes cambios que afectarían a la esfera política y financiera.

5. El abandono del tabaco: Para Nicholas Christakis, que recogió datos de 12.067 fumadores durante tres décadas, los cambios de tendencias en las redes sociales llevaron a un número importante de usuarios a abandonar el tabaco sin necesidad de ponerse de acuerdo entre sí. Este profesor de Medicina de Harvard observó que a más sociabilidad y menos aislamiento, mayores son las opciones de dejar de fumar. Analizando relaciones concretas, Christakis calculó que, si tu pareja deja el vicio, la probabilidad de que sigas su ejemplo aumenta en un 67 %. Si es un amigo o un compañero 
de trabajo, el porcentaje se reduce al 36 % y al 34 %, respectivamente.

6. La obesidad: Aunque a nadie se le escapa que los michelines no se transmiten por medio de virus ni bacterias, se puede afirmar que la obesidad es contagiosa. Así lo probaron recientemente científicos de las universidades de Harvard y de California, cuyas investigaciones mostraron que el riesgo de estar gordo aumenta un 57 % si se tienen amigos que lo están, un 71 % si estos son del mismo sexo que el nuestro y un 40 % si el orondo es un hermano. Estos datos parecen sostener la idea de que los factores sociales pesan más que los genéticos en el desarrollo de la obesidad.

7. El estrés: Tener al lado a alguien sometido a un estado permanente de ansiedad puede ser contagioso, afirman científicos del Instituto Max Planck de Alemania. Esta infección le sobreviene a una de cada cuatro personas y es fisiológicamente cuantificable, ya que hace que se libere cortisol, la hormona del estrés. Cuando el afectado es la pareja, la posibilidad de contagio se eleva al 40 %. El asunto es grave, ya que el estrés es una de las mayores amenazas para la salud en la sociedad actual, pues la exposición permanente al cortisol tiene un impacto negativo sobre el corazón y los vasos sanguíneos, debilita el sistema inmune y produce importantes efectos neurotóxicos a largo plazo.

8. La soledad: John T. Cacioppo, de la Universidad de Chicago, ha demostrado que el aislamiento actúa como una enfermedad contagiosa que se extiende sobre todo en los márgenes de un grupo social. Lo grave es que, antes de que sus relaciones se extingan por completo, los solitarios transmiten su mal fario a los pocos amigos que les quedan, lo que a la larga aumenta sus probabilidades de quedarse solos. Y es que, según 
Cacioppo, "el tejido social suele deshilacharse en los bordes, como un hilo que se suelta al final de un jersey de ganchillo".

9. Usar energía solar: Vivir con más de un vecino que tenga placas solares instaladas en su casa aumenta considerablemente la probabilidad de optar por esa opción energética. Esta es la conclusión a la que llegaron científicos de las Universidades de Yale y de Nueva York, cuyos análisis mostraron que una subida de un 10 % en el número de paneles fotovoltaicos en el barrio incrementa un 54 % la probabilidad de que alguien encargue otro panel nuevo. Si las instalaciones son visibles desde la calle, el índice de contagio es aún mayor.

10. La caries: Un impetuoso beso puede servir de agente contagioso de esta afección bucal. Y es que los dientes se pican por culpa de bacterias como el Streptococcus mutans y el Aggregatibacter actinomycetemcomitans, que invaden la boca y se atiborran de los restos de la comida, con especial voracidad cuando la dentadura está llena de azúcar. Científicos de la Universidad de Louisville demostraron que los microbios pueden transmitirse fácilmente de madre a hijo por comprobar con la cuchara que la papilla no esté demasiado caliente, por ejemplo.
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